Punto de vista

Publicado: 6 marzo 2015 en Uncategorized

Paciente mujer, 60 años, consulta muy angustiada refiriendo un problema familiar. Le pregunto, me cuenta.

Señora: -Es  mi hijo el mayor, doctora, mi hijo que me falta, es un chico tan bueno…

Llora. Se suena los mocos.

Yo: -Qué le pasó a su hijo?

Señora: -Me lo llevaron, me lo llevaron doctora, y yo siento que me falta el aire que me ahogo porque no lo tengo conmigo, mi Carlitos, mi Carlitooooooossssss…

Llora muchísimo. Espero un rato.

Yo: -A ver, señora, tranquilícese un poquito, así me cuenta bien…

Llora más. Y grita.

Señora: -AAAAYYYYY CARLITOOOOOOOSSSSSS

Yo: -Señora, cómo puedo ayudarla?

Señora: -Se lo llevaron al Carloooooooossss!!!!

Yo: -Sí, me lo contó, pero qué puedo hacer yo por usted?

Señora: -Es el mejor hijo del mundo el Carlos, es un hijo tan buenoooo…CAAAARRRLOOOOOOOSSSSSS!!!!

Yo: -Y dónde está su hijo, señora?

Señora: -En Batán.

Se suena la nariz.

Yo: …

Señora: -Estaba profugado y tuvo una pelea, porque a él lo buscan, lo buscan…y al final, lo encuentran, vio? CARLIIIIIIITOOOOOOOSSSSSSSSSS!!!!

No hay caso: la cárcel está llena de gente buena.

Señora de mediana edad, ansiosa, se sienta y en seguida empieza a parlotear. Mi táctica es dejar que el paciente se explaye (bueno, un poco) y ver qué información valiosa puedo obtener de ahí; si la cháchara se vuelve excesiva o es francamente inútil, corto y hago preguntas puntuales que me ayuden al diagnóstico.

A esta señora la dejé hablar, porque se la veía angustiada.

Paciente: -Doctora, vengo porque estoy muy preocupada, usted vio que hay tantas enfermedades raras, nuevas, con síntomas graves…

Yo: -Sí. Usted a qué se refiere, exactamente?

Paciente: -Ay, yo tengo miedo de todo. Por ejemplo, tengo miedo de contagiarme algo en el colectivo, y por eso tomo taxi, que es caro pero seguro. Bueno, eso si el taxista no es extranjero o algo así, porque de esos países viene cada cosa…

Yo: -Ajá. Pero usted qué siente? Por qué vino a la consulta?

Paciente: -Bueno…pasa que tengo miedo de tener la citronela.

Yo: -Citronela?

Paciente: -Citronela, sí.

Yo: -No.

Paciente: -Síiii doctora, la citronela esa, que da tos y enfermedad a los pulmones.

Yo: -Mmm…no. No hay una enfermedad llamada citronela, pero en cambio, sí hay un repelente con ese nombre.

Paciente: -Pero si es la citronela, mi hermana lo buscó en la interné. Es que una paloma vino a mi balcón y no se iba, seguro que estaba enferma, yo la espantaba y nada, ella volvía, la espantaba y volvía. Y así, horas. No sé por qué volvía. Y seguro que tenía citronela, igual que los loros.

Yo: -Psitacosis, señora. Lo que usted dice se llama psitacosis.

Paciente: -Ay dios mío, vio lo que le digo?? Tengo sicorosis!!!!

Vo pedís, vo tenés

Publicado: 5 marzo 2015 en Uncategorized

Paciente mujer, 50 años. Consulta pidiendo que le haga unas recetas para presentar en su obra social. Miro las recetas, empiezo a escribir; me aclara con mucha cortesía:

Ella: -Vopedí, eh?

Yo: -Perdón?

Ella: -Vopedí.

Yo: -No entiendo…

Ella:-Que vopedí, ma!!

Yo, obviando el “ma”:-Que yo pido qué cosa?

Ella: -Naaaahhh…vopedí e la obra social!!

Yo, sospechando: -Me darías el carné, por favor?

Ella, con mala cara: -Tomá.

Y era OSPERYH la obra social. Vopedí, claro.

Honestidad brutal

Publicado: 20 febrero 2012 en Verdades a medias

Hay una mística social con respecto a las ahora tan mentadas discapacidades. Y dentro de esa mística, parece que se puso de moda hablar desprejuiciadamente del tema.  Nos llena de “coolinidad”, nos hace progres, nos despega del suelo llamar “dotados de capacidades diferentes” a las personas inválidas, ciegas, tullidas, mogólicas, sordas, autistas y lo que se les ocurra. Pero la verdad es que no entiendo de qué hablamos cuando hablamos de “capacidades diferentes”: es gente que vuela, que tiene el don de la invisibilidad, que atraviesa paredes? No, señores, nada de eso: hablamos de defectos, de alteraciones de lo normal, de desviaciones de la media. Y eso será triste, deprimente, lamentable o será también motivo de orgullo -que hay de todo y para todos los gustos- pero la pregunta fundamental es:  por qué está mal llamar a las cosas por su nombre? Un rengo es menos rengo si decimos que es discapacitado motriz? Si le llamamos así, acaso le resultará más fácil moverse en una ciudad inhóspita y hostil, una ciudad en la que parece un milagro trasladarse y llegar entero aún para quienes tienen -o parecen tener- sus capacidades plenas? 

Se sabe que la verdad, a veces, puede ser ofensiva. Problema del que se ofende, entonces. Un ciego es un ciego, y punto. Uno podrá hacer lo que le parezca con esa definición, pero indignarse ante la verdad objetiva delata un paroxismo de estupidez inadmisible. Un gordo es eso, un gordo, no es un tipo con excesivas adiposidades distribuidas llamativamente. Un manco no es un aquejado de carencia manual. Un paralítico no es un inhabilitado para deambular por su cuenta. Un autista no es un niño constelado psiquiátricamente en forma alternativa.

Y no confundamos la verdad sin tapujos con la discriminación (que asocia a una característica objetivable, una connotación despectiva) porque ya escucho a alguien por ahí decir que discrimino (como si discriminar no fuera lo que hace el cerebro todo el tiempo, una función vital en todo caso, sin la cual moriríamos a los dos años, más o menos: alto-bajo, peligroso-seguro, feo-lindo, sabroso-desagradable, bueno-malo, etc, etc). Si los médicos no discrimináramos, ni siquiera podríamos hacer un diagnóstico; ni hablar de instaurar un tratamiento adecuado.

Pero eso es harina de otro costal, y en todo caso, material para otro post.

Lo que me jode es la hipocresía. Parece que no importa cómo se trate a los discapacitados, ni que cobren unas pensiones de pena que no alcanzan para nada, ni que no accedan, en la calle, más que a un bar (con suerte) en toda una cuadra, ni que la mayoría de los automovilistas bienpensantes no dude un segundo en obstruir con su auto las bajadas especiales, porque total “es un ratito”; no importa que ningún colectivo tenga la rampa funcionando, ni que los taxis sigan de largo cuando los para alguien en silla de ruedas, y todo por no tomarse el trabajo de bajar, abrir el baúl, guardar la silla y ayudar al tipo a subirse al auto); no importa que los edificios (públicos ni privados) nunca cuenten con los accesos obligatorios, no importa que en las escuelas los chicos “normales” acorralen al gordo, al rengo, al manco, al ciego, al sordo, y los hagan llorar de rabia y de impotencia mientras cada día los maltratan, los insultan, los humillan e incluso, los golpean.

Ah, no: lo que importa, lo que ofende, lo intolerable, es el nombre de las cosas.

También están, en el otro extremo, los que juran que tener un hijo mogólico es lo mejor que les pasó en la vida. Tener un hijo mogólico, un hijo con parálisis cerebral, un hijo ciego, nunca, nunca jamás puede ser una bendición. Eso es mentira. Todos queremos hijos sanos, hermosos e inteligentes. Todos queremos un hijo normal, y lo que salga de esa norma no nos gusta, nos hace infelices, nos asusta, nos apabulla, nos resulta una crueldad del destino. Un hijo discapacitado es una desgracia, desde muchos y diversos lugares. La gente sería más feliz si fuera menos hipócrita.

No era que la verdad nos hace libres?

Pero no: hordas de pusilánimes optimistas salen a enarbolar los defectos propios y ajenos como si fueran una bendición de todos los dioses de Olimpo juntos. Y a ponerle la letra escarlata a los que no están interesados en adornar la verdad, sino apenas en tratar de mejorar un poco la realidad.

Soy miope. Obvio que me gustaría no serlo, en la primaria me torturaban porque usaba lentes, yo me sentía horrible, quería morir, y sólo tenía 8 años. Y tengo asma, imaginen la dupla nunca gimnasia-primera fila del aula en la infancia: 100% nerd. No es la mejor asociación, aunque ahora casi esté de moda. Si en vez de ciega me hubieran dicho “discapacitada visual” hubiera sido lo mismo. Que uno de los dos adjetivos tiene mala leche? No podría asegurarlo. En todo caso, la mala leche pasa por otro lado.

Mientras escribo esto y pienso en el nombre de las cosas, me acuerdo de la frase “pobre cieguito, sordo pelotudo, rengo de mierda”. Y qué quieren que les diga, será horrible, incorrecto, brutal…pero un poco de risa, me da.

Volveré y seré yo sola

Publicado: 10 febrero 2012 en Uncategorized

Tuve mucho trabajo. Me casé. Tengo un perro nuevo. Hace mucho calor. Me quedé sin compu. Me hice adicta a la tele y tuvieron que llamar a los bomberos para despegarme de la pantalla. Me fui a misionar a África. La realidad me sobrepasó. Me internaron en un psiquiátrico con diagnóstico de surmenage. Me secuestró una célula terrorista islámica. Tuve quintillizos. Me mudé al interior profundo. Tuve afasia. Me hinché las pelotas de todo.

 

Todo mentira. Vuelvo recargada.

 

Paciente nuevo, un señor maduro. Empiezo la típica charla informal del principio, para ir calentando los motores. El paciente parece bien dispuesto, con ganas de hablar, y comenta sobre su buena salud, su perfecto estado físico, y su excelente memoria (“un elefante, dice mi mujer que soy”). Después de unos minutos, tomo nota para armar la historia clínica. Y pasa esto.

Médica: -Fecha de nacimiento, señor?

Paciente, serio y mirando a cualquier parte: -…

Médica (ajá): -Fecha de nacimiento, señorrr?

Paciente en silencio, ahora mira el techo: -…

Médica (pero qué pasa?): -Señor: me dice su fecha de nacimiento??

Paciente, con cara de vaca que ve pasar el tren, mira el suelo: -…

Médica (ay pero por favorrrr): -A ver, señor, necesito completar su fecha de nacimiento para escribirlo en su historia clínica. ¿Cuándo nació??

Paciente, haciendo por fin contacto visual: -¿Me repite la pregunta?

Médica irritada: -¡Que cuándo es su cumpleaños, señor, que cuándo nació!!

Paciente, tranquilo: -Ahhh…hace mucho, fue. Pero de eso no me acuerdo, así que mejor pregúnteme otra cosa, que yo tengo una memoria fenomenal.

Superhéroes

Publicado: 13 febrero 2010 en Asombroso, Cosas raras

Guardia de sábado, madrugada. El clínico había  decidido descansar un rato, aprovechando que todo estaba bajo control,   que no había pacientes en espera, y que llevaba  veinte horas de laburo ininterrumpido, sin parar ni para comer.

A los diez minutos del merecido reposo, como no podía ser de otra manera, el enfermero llama al clínico: una urgencia.

-Pero no es una urgencia cualquiera, eh?- dice, y le guiña un ojo mientras sonríe.

El clínico de guardia camina por el pasillo larguísimo, con los párpados pegados de sueño, esquivando la luz de los tubos fluorescentes. Ruega que sea algo grave, así la descarga de adrenalina lo despabila. Que sea grave y que lo pueda resolver, claro, porque si no esa adrenalina saludable se transforma en miedo, en terror, en desesperación, en preguntas sin respuesta como dios mío por qué habré elegido esto o qué mierda hago ahora, solo y a esta hora.

En la sala de espera, despatarrado en una silla y durmiendo plácidamente, estaba Batman. Un Batman gordo, transpirado, desaliñado, con el traje arrugado, con la panza al aire. Sin el menor decoro, Batman roncaba.

El enfermero no mira a Batman, que se revuelve en la silla y se acomoda mejor. Sigue de largo, encara para la entrada de la guardia.

El clínico, completamente despierto, se queda mirando a Batman.

Clínico de guardia: -Pará, vos me llamaste por esto? ¿Por un gordo disfrazado que se durmió en la sala de espera?

Enfermero: -No, doctor. Lo llamé para que vea lo que hay en la cama uno.

El clínico entra, esquiva un resto de vómito en el piso, se acerca: una mujer duerme y también, ronca. Los brazos encima de la cabeza, la cabeza ladeada, una pierna cayendo de la cama sin sábanas. La mujer tiene unos cuarenta largos; rubia con las raíces crecidas, el pelo pegoteado, el labial desparramado en la cara brillante de sudor, la corona encajada en una ceja, el rimmel corrido. Tiene los brazaletes y todo, forrados  papel dorado, percudido y ajado.

Sí: es la Mujer Maravilla, borracha como una cuba.