Archivos de la categoría ‘Verdades a medias’

Honestidad brutal

Publicado: 20 febrero 2012 en Verdades a medias

Hay una mística social con respecto a las ahora tan mentadas discapacidades. Y dentro de esa mística, parece que se puso de moda hablar desprejuiciadamente del tema.  Nos llena de “coolinidad”, nos hace progres, nos despega del suelo llamar “dotados de capacidades diferentes” a las personas inválidas, ciegas, tullidas, mogólicas, sordas, autistas y lo que se les ocurra. Pero la verdad es que no entiendo de qué hablamos cuando hablamos de “capacidades diferentes”: es gente que vuela, que tiene el don de la invisibilidad, que atraviesa paredes? No, señores, nada de eso: hablamos de defectos, de alteraciones de lo normal, de desviaciones de la media. Y eso será triste, deprimente, lamentable o será también motivo de orgullo -que hay de todo y para todos los gustos- pero la pregunta fundamental es:  por qué está mal llamar a las cosas por su nombre? Un rengo es menos rengo si decimos que es discapacitado motriz? Si le llamamos así, acaso le resultará más fácil moverse en una ciudad inhóspita y hostil, una ciudad en la que parece un milagro trasladarse y llegar entero aún para quienes tienen -o parecen tener- sus capacidades plenas? 

Se sabe que la verdad, a veces, puede ser ofensiva. Problema del que se ofende, entonces. Un ciego es un ciego, y punto. Uno podrá hacer lo que le parezca con esa definición, pero indignarse ante la verdad objetiva delata un paroxismo de estupidez inadmisible. Un gordo es eso, un gordo, no es un tipo con excesivas adiposidades distribuidas llamativamente. Un manco no es un aquejado de carencia manual. Un paralítico no es un inhabilitado para deambular por su cuenta. Un autista no es un niño constelado psiquiátricamente en forma alternativa.

Y no confundamos la verdad sin tapujos con la discriminación (que asocia a una característica objetivable, una connotación despectiva) porque ya escucho a alguien por ahí decir que discrimino (como si discriminar no fuera lo que hace el cerebro todo el tiempo, una función vital en todo caso, sin la cual moriríamos a los dos años, más o menos: alto-bajo, peligroso-seguro, feo-lindo, sabroso-desagradable, bueno-malo, etc, etc). Si los médicos no discrimináramos, ni siquiera podríamos hacer un diagnóstico; ni hablar de instaurar un tratamiento adecuado.

Pero eso es harina de otro costal, y en todo caso, material para otro post.

Lo que me jode es la hipocresía. Parece que no importa cómo se trate a los discapacitados, ni que cobren unas pensiones de pena que no alcanzan para nada, ni que no accedan, en la calle, más que a un bar (con suerte) en toda una cuadra, ni que la mayoría de los automovilistas bienpensantes no dude un segundo en obstruir con su auto las bajadas especiales, porque total “es un ratito”; no importa que ningún colectivo tenga la rampa funcionando, ni que los taxis sigan de largo cuando los para alguien en silla de ruedas, y todo por no tomarse el trabajo de bajar, abrir el baúl, guardar la silla y ayudar al tipo a subirse al auto); no importa que los edificios (públicos ni privados) nunca cuenten con los accesos obligatorios, no importa que en las escuelas los chicos “normales” acorralen al gordo, al rengo, al manco, al ciego, al sordo, y los hagan llorar de rabia y de impotencia mientras cada día los maltratan, los insultan, los humillan e incluso, los golpean.

Ah, no: lo que importa, lo que ofende, lo intolerable, es el nombre de las cosas.

También están, en el otro extremo, los que juran que tener un hijo mogólico es lo mejor que les pasó en la vida. Tener un hijo mogólico, un hijo con parálisis cerebral, un hijo ciego, nunca, nunca jamás puede ser una bendición. Eso es mentira. Todos queremos hijos sanos, hermosos e inteligentes. Todos queremos un hijo normal, y lo que salga de esa norma no nos gusta, nos hace infelices, nos asusta, nos apabulla, nos resulta una crueldad del destino. Un hijo discapacitado es una desgracia, desde muchos y diversos lugares. La gente sería más feliz si fuera menos hipócrita.

No era que la verdad nos hace libres?

Pero no: hordas de pusilánimes optimistas salen a enarbolar los defectos propios y ajenos como si fueran una bendición de todos los dioses de Olimpo juntos. Y a ponerle la letra escarlata a los que no están interesados en adornar la verdad, sino apenas en tratar de mejorar un poco la realidad.

Soy miope. Obvio que me gustaría no serlo, en la primaria me torturaban porque usaba lentes, yo me sentía horrible, quería morir, y sólo tenía 8 años. Y tengo asma, imaginen la dupla nunca gimnasia-primera fila del aula en la infancia: 100% nerd. No es la mejor asociación, aunque ahora casi esté de moda. Si en vez de ciega me hubieran dicho “discapacitada visual” hubiera sido lo mismo. Que uno de los dos adjetivos tiene mala leche? No podría asegurarlo. En todo caso, la mala leche pasa por otro lado.

Mientras escribo esto y pienso en el nombre de las cosas, me acuerdo de la frase “pobre cieguito, sordo pelotudo, rengo de mierda”. Y qué quieren que les diga, será horrible, incorrecto, brutal…pero un poco de risa, me da.

Anuncios