Archivos de la categoría ‘Pacientes irritantes’

Paciente varón, 50 años. Coloradón tipo gringo del campo. Gordito, ojos entornados, media sonrisa: canchero el tipo.

Al sentarse, se desparramó en la silla, abierto de piernas como si estuviera paspado. Muy paspado.

Después de un más o menos pormenorizado relato de la vida de una dermatitis que le había molestado (y que ya no tenía, por cierto), me larga:

Colorado: -A mí lo que me molesta son los tintinales…aahhh, eso sí que joroba.

Yo: -Cómo dice?

Colorado: -Los tintinales. Me vuelven loco, esos, ja. Déme algo para sacarlos.

Yo, intentando conseguir una pista: – Qué es lo que siente?

Colorado: -Siento el ruido, ja. A veces los siente mi mujer, también. Y me da dolor, así como tortijones…

Yo: – Dolor? Adónde siente el dolor?

Colorado, señalándose el marco colónico: -Acá en la barriga, toooodo acá. Y ni le cuento cuando sale!

Yo: -Qué pasa cuando sale?

Colorado: -Jajaja, tremendos pedos, con perdón de la palabra! Los tintinales son terribles, si no pregúntele a mi mujer!! La despiertan de noche!!!

 

Claro, gases intestinales.Obvio, no?

 

Centro de Salud, secretaria de vacaciones. Era necesario reprogramar un par de turnos de la agenda; busco los números telefónicos y llamo. 

Médica: -Hablo con la casa del señor Oscar Benegas? 

-Sí (voz de mujer)

Médica: -Buenas tardes, señora; podría pasarme con el señor Oscar?

Mujer al teléfono: -No está.

Médica: -Ah, bueno; cuándo podría llamarlo?

Mujer al teléfono, mosqueada: -Por qué, no me puede decir a mí?

Médica: -Sí, señora, como poder, puedo; pero preferiría hablar con el señor que sacó el turno en esta salita…

Mujer al teléfono: -Pero yo soy la esposa, me puede decir a mí.

Médica: -Está bien, señora, no hay problema. Su esposo sacó un turno para mañana, pero resulta que…

Mujer al teléfono, interrumpiendo: -Para mañana adónde?

Médica: -En la salita de la calle Elcano, señora…

Mujer al teléfono: -Quéeee?? Pirovano? En el Pirovano es el turno??

Médica: -Eh? No, señora, Pirovano no, dije Elc… 

Señora al teléfono: -Ay no! Yo no quiero que se atienda en el Pirovano, ahí me mataron a tres familiares y a muchos vecinos, el Pirovano noooooooo!!!! No no y NOOOOOOOOOO!!!

Médica: -Señora, no. Nada de Pirovano nada, NADA, entiende? La llamo de la salita de la calle Elcano, para cambiar un turno!!

Señora al teléfono: -Ahhh, el turno de los serenos? Pero él ya trabajó anoche, no le toca! No sabe cómo llegó, todo cansado….Y yo no voy a permitir que lo exploten, me escucha?? No lo voy a permitir, porque él es muy bueno pero a mí no me van a tomar de tonta, qué se creen?? Pero qué se creen, digamé!??

En fin. El señor Benegas habrá ido al día siguiente a la salita de Elcano, o al trabajo de sereno, no sé. Lo que es seguro es que al Pirovano, no fue.

 

Señora de mediana edad, ansiosa, se sienta y en seguida empieza a parlotear. Mi táctica es dejar que el paciente se explaye (bueno, un poco) y ver qué información valiosa puedo obtener de ahí; si la cháchara se vuelve excesiva o es francamente inútil, corto y hago preguntas puntuales que me ayuden al diagnóstico.

A esta señora la dejé hablar, porque se la veía angustiada.

Paciente: -Doctora, vengo porque estoy muy preocupada, usted vio que hay tantas enfermedades raras, nuevas, con síntomas graves…

Yo: -Sí. Usted a qué se refiere, exactamente?

Paciente: -Ay, yo tengo miedo de todo. Por ejemplo, tengo miedo de contagiarme algo en el colectivo, y por eso tomo taxi, que es caro pero seguro. Bueno, eso si el taxista no es extranjero o algo así, porque de esos países viene cada cosa…

Yo: -Ajá. Pero usted qué siente? Por qué vino a la consulta?

Paciente: -Bueno…pasa que tengo miedo de tener la citronela.

Yo: -Citronela?

Paciente: -Citronela, sí.

Yo: -No.

Paciente: -Síiii doctora, la citronela esa, que da tos y enfermedad a los pulmones.

Yo: -Mmm…no. No hay una enfermedad llamada citronela, pero en cambio, sí hay un repelente con ese nombre.

Paciente: -Pero si es la citronela, mi hermana lo buscó en la interné. Es que una paloma vino a mi balcón y no se iba, seguro que estaba enferma, yo la espantaba y nada, ella volvía, la espantaba y volvía. Y así, horas. No sé por qué volvía. Y seguro que tenía citronela, igual que los loros.

Yo: -Psitacosis, señora. Lo que usted dice se llama psitacosis.

Paciente: -Ay dios mío, vio lo que le digo?? Tengo sicorosis!!!!

Todo mal

Publicado: 22 noviembre 2009 en Pacientes insoportables, Pacientes irritantes

Paciente de 65 años, regresando de la vigésima  internación en cardiología por insuficiencia cardíaca descompensada.

Médica: -¿Cómo anda, Felipe?

Paciente: -Y mal, cómo voy a estar?

Médica: -Sí, sé que estuvo internado, pero por suerte ya está mejor…

Paciente: -¿Mejor? ¿Qué mejor?? Me internaron y la pasé mal, como el culo la pasé!

Médica: -Claro, me imagino, pero por suerte ahora se siente bien…

Paciente: -Usted se sentirá bien. Yo no me siento bien. ¿Quién le dijo que me siento bien?

Médica: -Bueno, lo vi cenar hace un rato, charlar con sus amigos, mirar la tele y jugar a las cartas…

Paciente: -¿Mis amigos? ¡Esos son todos unos ladrones! ¿Y  usted le llama cena a esta porquería que nos dan de comer acá? Debería probar esa comida,  seguro que la hacen con sobras de la calle!

Médica: -La verdad es que sí probé la comida y no me pareció mala; además, usted con su problema de presión no puede comer sal.

Paciente: -Ufffff!!! ¡No dejan comer nada! Asado no, por la grasa; jamón no, por la sal; no puedo fumar por el infarto que tuve, ni…

Médica (mejor cambiemos de tema): -Bueno, a ver, cuénteme qué le dijo el cardiólogo.

Paciente: -¡¡Nada me dijo!!

Médica: -¿Pero cómo que no le dijo nada? Si acá trae la epicrisis bien completa, clarita…

Paciente: -Pffff, clarita? ¿CLARITA?? Ese papel de mierda no me sirve para nada, cada vez que me interno me dan uno igual que dice lo mismo, los cardiologis no saben nada!

Médica: -Felipe, saber saben, porque usted lleva  nueve internaciones este año, y de todas salió bien. Le sugiero que haga una fotocopia de la epicrisis, puede ser útil si necesita internarse de nuevo, o para continuar los controles.

Paciente: -¿¿QUÉ?? Gastar en una fotocopia para eso? Ni lo sueñe, si cada vez que voy me hacen todo de nuevo! ¡A los médicos les gusta escribir al pedo!

Médica (me hartó): -Bueno, no fotocopie nada. Y le aclaro que le hacen todo de nuevo porque usted deja de tomar su remedios y le pasa todo de nuevo.

Paciente, desafiante: -A esa hoja de mierda la voy a tirar a la basura. Y que se arreglen cuando me internen de nuevo.

Médica: -Perfecto, tírela. No sabe lo contentos que se van a poner los médicos de guardia cuando lo reciban otra vez, sin un miserable papel. Sobre todo porque usted toma los mismos remedios hace 30 años y ni siquiera recuerda sus nombres.

Paciente: -Y bueno, ese es el trabajo de los médicos, no? ¡Para eso estudiaron! ¡Para eso pagué con mis impuestos sus años de carrera!!

Médica: -Claro. No se imagina cómo le gusta  a un médico  no saber nada de un paciente que llega descompensado, al borde de la muerte,  y ponerse a  adivinar los antecedentes. Es divertidísimo.

Paciente: -¿Vio lo que le digo? Yo tengo razón: a los médicos les gusta perder el tiempo. 

Médica, puteando bajito: -Sí, nos encanta. Y hablando de eso: chau, Felipe. Tengo que atender a otros pacientes.

Paciente: -¿Así? ¿No me va a dar ningún papel con lo que tengo?

Médica: -Igual lo va a tirar. Chau.

 

Y después de esos infernales 15 minutos, todavía tuvo el tupé de quejarse, diciendo que no le di ni un miserable papelito.

Mi mejor médico soy yo

Publicado: 9 septiembre 2009 en Asombroso, Pacientes irritantes

Antes de contarles esto, necesito que  sepan que  los clínicos, habitualmente, no saben nada sobre ojos. O sea, un clínico maneja muchas subespecialidades, como cardiología, neumonología, diabetología, infectología, hasta traumatología si querés, pero ojos, nunca:  mis colegas huyen de los ojos como si hubieran visto al diablo. Es una negación profesional muy frecuente, porque provoca un terror de pesadilla pensar que por culpa de uno, un tipo puede quedarse ciego.

Pero por muchas cuestiones que no vienen al caso, resulta que no soy de los médicos que ven un ojo rojo y se persignan ruidosamente mientras gritan “Santa Lucíaaaaaaa”, sino que creo en el arte, en la inspiración y en la belleza que hay en resolver una dolencia (cualquiera sea) y entonces trato,  a veces  sin las herramientas correspondientes, de llegar a un diagnóstico y si puedo también, resolver el problema. 

Lamentablemente,  los pacientes casi nunca se dan cuenta de todo esto.

El señor en cuestión vino a la consulta hecho un desastre:  los ojos rojos como un basilisco, los párpados hinchados y abundante secreción purulenta bilateral, además de un constante y molesto lagrimeo de 5 días de evolución. Vino desesperado, irritado, pidiendo ayuda a los gritos.

Como soy gauchita, puse todo mi empeño y en lugar de derivarlo instantáneamente y sacarme el problema de encima, llegué a la conclusión de que el señor probablemente padecía una bléfaroconjuntivitis estafilocóccica. Y le recé a Santa Lucía para que todo saliera bien.

Le indiqué unas  gotas, antibióticos, una pequeña dosis de corticoides, un antiinflamatorio, y al cabo de 24 hs, el paciente estaba muchísimo mejor. Lo seguí controlando una vez por día durante una semana, hasta que finalmente el problema desapareció.

La verdad es que me puse contenta de haber resuelto la cuestión sin tener que mandarlo de viaje a que hiciera fila a las 4 am durante 6 horas, como suele suceder en los hospitales de ojos. Y para ser sinceros, no hay nada que satisfaga más a un médico que la sensación del deber cumplido limpia, rápida y eficientemente.

Sin embargo, esa felicidad chiquita y privada iba a durarme poco. El señor  me abrazó fuerte,  y alegremente me espetó:

-¡Me curé solo! Lo que me hizo bien fueron los paños fríos que me puse, seguro. ¡¡Soy mi propio médico!!

Me acordé de un dibujo de Quino que tengo pegado en la pared del consultorio, que dice: “Aquí trabajamos para que luego la gente de gracias a Dios”.

Y lo odié bastante. Al paciente, claro.

 

Pareja de pacientes norteños, alrededor de 60 años. Ella evidencia una marcada dificultad de expresión. Su marido la ayuda a explicarme lo que le estaba pasando.

Mujer: -Todo mal, todo roto.

Médica: -Ajá.

Mujer, elevando el tono: -Duelen huesos. Nerrrrrvios!!!

Médica: -Mmm…¿y desde cuándo le pasa eso?

Mujer, mirando al marido y con evidente fastidio: -Siempre. Mucho.

Médica: -¿Y dónde es que le duele?

Mujer, perdiendo la paciencia: -Todooooo!!!

Médica: -Bueno, no se ponga así. Necesito hacerle unas preguntas para entender qué le pasa.

Mujer, gritando: -Dije todo, duele ahí!!!

El marido acota: -Mire doctora, por ahí yo le explico mejor. Ella está nerviosa, llora, se aburre, le arden los huesos de la mente entre las comidas.

Médica (ay dios mío): – Pero necesito saber si eso le pasa en algún momento en especial, si es de hace una semana o 5 años…

Mujer,  enojada: -No bueno esto. Malo, maaaaaaalo. Duele. DUELEEEEE!!!

Médica: -Vamos a revisarla un poco, señora.

La mujer no quiere saber nada. No quiere que la toque ni que la ausculte.

Miro al marido con desesperación.

Marido: -Yo le resumo los hechos: mi señora está en descomposición total.

Paciente mujer, 20 años. A simple vista, perfectamente saludable.

-Doctora, estoy muy preocupada porque creo que tengo mal el hígado.

Médica: -Ajá. Y por qué pensás eso?

Paciente: -Porque siento que me pesa.

Médica: -¿Siempre te pesa?

Paciente: -Sí, desde hace años. Me hice muchos estudios y no me dan nada.

Médica: -¿Cuándo te hiciste lo último?

Paciente: -Hace una semana.

Médica: -¿Te hicieron ecografías y análisis?

Paciente: -Sí, todo. Y una tomoengrafía complutada también. Yo misma se la pedí, es más: se la ordené al médico.

Médica: -Mmm…¿a ver? ¿Tenés esos estudios acá?

Paciente, con cara de satisfacción: -Seee…se los traje todos (y saca la consabida bolsa de Coto repleta de papeles).

Miro los estudios, por orden cronológico. Tiene hecho todo lo que existe, pero todo. Y todo es normal.

Médica: -Mirá, en estos estudios no aparece nada, estás re sana. Igual te voy a revisar.

Paciente, caprichosa: -Pero yo sé que es el hígado. Estoy segura.

Médica con increíble paciencia: -Bueno, vamos a  ver.

El examen físico es normal, excepto unos tremendos, gigantes, monstruosos hongos en las uñas de los pies.

Médica: -Mirá, lo único que te encuentro es un honguito importante en las uñas, pero quedate tranquila porque tu hígado está perfecto.

Paciente: -¿Hongos? Ay, no lo había notado.

Médica (ciega tenés que ser para no haber visto semejante horror): -Se arregla muy fácil, vas a tomar una pastillita una vez por semana por unos meses y listo.

Paciente, con mohín de asquito: -Ah no. Yo no tomo pastillas. Me hacen mal al hígado.

Médica, bastante menos tranquila: -Pero es la única forma de curar esos hongos, y además tu hígado está perfecto. De todos modos, te voy a controlar una vez cada quince días.

Paciente alarmada: -¿Qué? ¿Me va a estropear el hígado y encima me va a ver sólo una vez cada quince días?

Médica (y qué querés, que te lleve a mi casa?): – Esa frecuencia va a estar perfecta porque estás completamente sana.

Paciente enojada: -No. Yo quiero una resonancia!! Un escáner. ¡¡Una biopsia quiero!!

Médica:- ¿Qué? ¿Una biopsia?? ¿Pero vos sabés lo que estás diciendo? No tenés indicación de eso, no es necesario en absoluto, te dije que tu hígado está perfecto.

Paciente, levantándose amenazante: -Ah, así que no me va a pedir una biopsia??

Médica harta: -Pero no entiendo, ¿a vos te gusta sufrir? ¿Querés estar enferma, sentirte mal, someterte a estudios horribles y dolorosos que en tu caso son innecesarios??

Paciente: -Yo quiero asegurarme de que no estoy enferma del hígado.

Médica: -Querida, ya te dije mil veces que tu hígado está bien, ¿cuál es tu problema? ¿No entendés lo que te digo??

Paciente, haciendo caras: -Usted no sabe nada. No está adentro de mi cuerpo. Yo tengo el hígado enfermo y ningún médico se da cuenta. Los médicos me tienen harta, no me quieren hacer estudios.

Médica en piloto automático: -Bueeeno, a ver: ¿qué es lo que querés hacer entonces?

Paciente, agarrando su cartera y su bolsa de Coto: -Ver a otro médico que sepa más que usted y que me pida todo lo que quiero.

Médica, sonriente y haciendo gestito de adiós con la mano:

-Chau.

Paciente indignada: -¿Cómo chau?? ¿Y la pastillita para los hongos??

Médica feliz: – Pedísela al pobre cristo que te atienda la próxima vez.  Suerteeee…

 

Y encima se fue enojada. La gente es increíble.