Antes de contarles esto, necesito que sepan que los clínicos, habitualmente, no saben nada sobre ojos. O sea, un clínico maneja muchas subespecialidades, como cardiología, neumonología, diabetología, infectología, hasta traumatología si querés, pero ojos, nunca: mis colegas huyen de los ojos como si hubieran visto al diablo. Es una negación profesional muy frecuente, porque provoca un terror de pesadilla pensar que por culpa de uno, un tipo puede quedarse ciego.
Pero por muchas cuestiones que no vienen al caso, resulta que no soy de los médicos que ven un ojo rojo y se persignan ruidosamente mientras gritan “Santa Lucíaaaaaaa”, sino que creo en el arte, en la inspiración y en la belleza que hay en resolver una dolencia (cualquiera sea) y entonces trato, a veces sin las herramientas correspondientes, de llegar a un diagnóstico y si puedo también, resolver el problema.
Lamentablemente, los pacientes casi nunca se dan cuenta de todo esto.
El señor en cuestión vino a la consulta hecho un desastre: los ojos rojos como un basilisco, los párpados hinchados y abundante secreción purulenta bilateral, además de un constante y molesto lagrimeo de 5 días de evolución. Vino desesperado, irritado, pidiendo ayuda a los gritos.
Como soy gauchita, puse todo mi empeño y en lugar de derivarlo instantáneamente y sacarme el problema de encima, llegué a la conclusión de que el señor probablemente padecía una bléfaroconjuntivitis estafilocóccica. Y le recé a Santa Lucía para que todo saliera bien.
Le indiqué unas gotas, antibióticos, una pequeña dosis de corticoides, un antiinflamatorio, y al cabo de 24 hs, el paciente estaba muchísimo mejor. Lo seguí controlando una vez por día durante una semana, hasta que finalmente el problema desapareció.
La verdad es que me puse contenta de haber resuelto la cuestión sin tener que mandarlo de viaje a que hiciera fila a las 4 am durante 6 horas, como suele suceder en los hospitales de ojos. Y para ser sinceros, no hay nada que satisfaga más a un médico que la sensación del deber cumplido limpia, rápida y eficientemente.
Sin embargo, esa felicidad chiquita y privada iba a durarme poco. El señor me abrazó fuerte, y alegremente me espetó:
-¡Me curé solo! Lo que me hizo bien fueron los paños fríos que me puse, seguro. ¡¡Soy mi propio médico!!
Me acordé de un dibujo de Quino que tengo pegado en la pared del consultorio, que dice: “Aquí trabajamos para que luego la gente de gracias a Dios”.
Y lo odié bastante. Al paciente, claro.
Escrito por Lucia Ladra
Escrito por Lucia Ladra
Escrito por Lucia Ladra